miércoles, 29 de agosto de 2012

INCENDIO EN LA TORRE LATINOAMERICANA

Siniestro en el  piso 42. En 1957 el
edificio estaba en plena construcción.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA


Luis Francisco Macías

Segu­ra­men­te mu­chos de nues­tros lec­to­res re­cuer­dan el in­cen­dio de la To­rre La­ti­noa­me­ri­ca­na, ocu­rri­do ha­ce 59 años, sin em­bar­go, pa­ra quie­nes no pre­sen­cia­ron la que­ma­zón, res­ca­ta­mos de “Los Ar­chi­vos Se­cre­tos de Po­li­cía” fo­to­gra­fías de la épo­ca y la cró­ni­ca ori­gi­nal.
¡Se In­cen­dió el Ras­ca­cie­los! -fue un tí­tu­lo de con­tra­por­ta­da.
El es­pec­ta­cu­lar in­cen­dio en el co­ra­zón de la ca­pi­tal, “se ini­ció en el edi­fi­cio de 42 pi­sos de una com­pa­ñía de se­gu­ros; des­pués se pro­pa­gó”.
Y se agre­gó el do­min­go 24 de ma­yo de 1953, que un día an­tes “el Dis­tri­to Fe­de­ral ha­bía po­di­do pre­sen­ciar el in­cen­dio más es­pec­ta­cu­lar, que se re­gis­tró en la es­truc­tu­ra del edi­fi­cio de la La­ti­noa­me­ri­ca­na, en la es­qui­na de San Juan de Le­trán y Ma­de­ro, don­de se con­gre­ga­ron cer­ca de 10,000 al­mas, aun con ries­go de sus vi­das, pa­ra no per­der ni un sólo de­ta­lle del si­nies­tro”.

Gente sobre San Juan de Letrán. Se aprecia a un bombero
transportando una manguera.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

En esa época había palmeras, como las que ahora lucen
 en Avenida Juárez.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Una multitud se congregó alrededor de Bellas Artes.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Dama caminando por un camellón en Avenida
 Juárez con la Torre Latinoamericana a sus espaldas. Entonces esa avenida era de doble sentido.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Foto: Archivo Gráfico/ LA PRENSA

Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA


Curiosos en San Juan de Letrán, hoy Eje Central
Lázaro Cárdenas.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Transeúnte en San Juan de Letrán. Enfrente aparece
Cinelandia y un edifico al lado recibiendo un chorro de
agua. También observamos sobre la calle restos que
cayeron del piso incendiado.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA


En el Cuar­tel Cen­tral de Bom­be­ros se re­ci­bió avi­so an­tes de las 18:00 ho­ras, en el sen­ti­do que el edi­fi­cio es­ta­ba en lla­mas y pen­san­do que se tra­ta­ba del in­mue­ble de La Na­cio­nal, en el que hay cen­te­na­res de des­pa­chos; los hom­bres de con­tra­fue­go se des­pla­za­ron, “con ver­da­de­ra an­gus­tia, pa­ra sa­ber de qué se tra­ta­ba, lle­van­do dos ca­rros y uno de los gi­gan­tes­cos tan­ques de agua con que se cuen­ta”.
Al lle­gar al lu­gar de los acon­te­ci­mien­tos, los bom­be­ros se per­ca­ta­ron que no se tra­ta­ba más que de cim­bras con las que se ha­cían los “co­la­dos” en el edi­fi­cio in­cen­dia­do, pe­ro, de to­das ma­ne­ras, ini­cia­ron una la­bor pre­ven­ti­va, ya que al­gu­nos edi­fi­cios cir­cun­ve­ci­nos po­dían re­sul­tar afec­ta­dos.
Era de tal ma­ne­ra pre­ca­ria la si­tua­ción de los bom­be­ros -se in­for­mó en 1953- que hu­bo mo­men­tos en que los es­pec­ta­do­res se rie­ron de bue­na ga­na, pues re­sul­ta que “al co­nec­tar­se los cuer­pos de man­gue­ra que se ha­cían ne­ce­sa­rios pa­ra lle­gar a los pi­sos 41 y 42 y sol­tar­se el agua pa­ra apa­gar el in­cen­dio, se dio el ca­so de que el agua mis­ma bro­ta­ra con tan­ta fuer­za por to­dos los si­tios, me­nos por lo que pu­die­ra lla­mar­se el ex­tre­mo de la man­gue­ra, en el área don­de el lí­qui­do era más ne­ce­sa­rio”.
Sin em­bar­go, con tan­tos es­fuer­zos, se con­si­guió apa­gar el ma­de­ra­men ar­dien­te, sin que se re­gis­tra­ran víc­ti­mas, cuan­do me­nos por los in­for­mes ren­di­dos de mo­men­to, no obs­tan­te que los da­ños ma­te­ria­les, as­cen­die­ron a va­rios mi­lla­res de pe­sos.

Bombero en el piso 42.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Todo quedó reducido a cenizas.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA


Los es­pec­ta­do­res tra­ta­ban de acer­car­se a la ace­ra en la que es­ta­ba el in­cen­dio, y co­mo ello en­tra­ña­ba el más se­rio de los pe­li­gros, hu­bo ne­ce­si­dad de lla­mar “a un pe­lo­tón de gra­na­de­ros que pu­sie­ra or­den en la si­tua­ción”.
Al es­cu­char­se la si­re­na del ca­rro de los gra­na­de­ros, “los mi­ro­nes co­rrie­ron pen­san­do que se tra­ta­ba de al­go más gra­ve, cun­dien­do el pá­ni­co cuan­do los uni­for­ma­dos irrum­pie­ron en­tre la mul­ti­tud con to­do el apa­ra­to de sus cas­cos, sus ri­fles y sus gra­na­das, pe­ro se res­ta­ble­ció el or­den in­me­dia­ta­men­te”.
Los gra­na­de­ros for­ma­ron un cor­dón so­bre la ace­ra del Tea­tro de las Be­llas Ar­tes, re­te­nien­do a la gen­te pre­ci­sa­men­te en el es­ta­cio­na­mien­to de au­to­mó­vi­les, mien­tras los ma­de­ros ar­dien­tes caían a cen­te­na­res, con es­tré­pi­to sin­gu­lar que es­tre­me­cía al gen­tío.
Los bal­co­nes y azo­teas de ca­sas cir­cun­ve­ci­nas es­ta­ban ple­tó­ri­cas “de per­so­nas an­sio­sas de pre­sen­ciar el es­pec­tá­cu­lo, en tan­to que las am­bu­lan­cias de las cru­ces Ver­de y Ro­ja, per­ma­ne­cían de guar­dia aten­tos a cual­quier ac­ci­den­te, que por for­tu­na no se pre­sen­tó”.

La farmacia quedó destruida.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA


Se­guía ar­dien­do la tea (has­ta ese mo­men­to se ig­no­ra­ba por qué se que­mó ma­de­ra en el pi­so 42, aun­que se pre­su­mía que al­ba­ñi­les al­co­ho­li­za­dos ha­bían en­cen­di­do una fo­ga­ta pa­ra ca­len­tar sus ali­men­tos, sin te­ner la pre­cau­ción de ale­jar el fue­go de la abun­dan­te cim­bra acei­ta­da), la gen­te co­men­ta­ba el per­can­ce y los bom­be­ros, mi­nis­te­rio pú­bli­co y ele­men­tos de la Po­li­cía Ju­di­cial del Dis­tri­to, tra­ta­ban de es­ta­ble­cer la ver­dad so­bre los mo­ti­vos del si­nies­tro.
No se des­car­ta­ba la coin­ci­den­cia de un cor­tocir­cui­to en la ins­ta­la­ción eléc­tri­ca, con la cer­ca­nía del ma­de­ra­men. Los bom­be­ros die­ron por ter­mi­na­da su la­bor muy cer­ca de las 20:00 ho­ras de aquel sá­ba­do 23 de ma­yo de 1953, re­ti­rán­do­se ha­cia la Es­ta­ción Cen­tral.
Mu­cho des­pués que to­do ha­bía ter­mi­na­do, cen­te­na­res de per­so­nas con­ti­nua­ban mi­ran­do ha­cia el pi­so 42, en es­pe­ra qui­zá que se rea­nu­da­ra el fue­go.
Y cuan­do se creía que no se ha­bían re­gis­tra­do víc­ti­mas, la Cruz Ro­ja in­for­mó que du­ran­te el in­cen­dio en el ele­va­do edi­fi­cio de la Ave­ni­da Ma­de­ro, se aten­dió a sie­te le­sio­na­dos, “uno de ellos, de ex­tre­ma gra­ve­dad, que fue tras­la­da­do al hos­pi­tal de las ca­lles Du­ran­go y Mon­te­rrey, Co­lo­nia Ro­ma, don­de per­ma­ne­cía has­ta al­tas ho­ras de la no­che”.
El jo­ven di­jo lla­mar­se Abra­ham Mar­tí­nez, pre­sen­ta­ba con­tu­sión pro­fun­da de tó­rax, que­ma­du­ras y te­nía 26 años de edad.
Fi­nal­men­te, se dio a co­no­cer que “aún no ter­mi­na­ban los bom­be­ros de apa­gar el in­cen­dio que des­tru­yó par­te del ras­ca­cie­los que cons­truía la com­pa­ñía de Se­gu­ros La La­ti­noa­me­ri­ca­na, cuan­do tu­vie­ron que pa­sar­se a la dro­gue­ría Real Far­ma­cia, ubi­ca­da en San Juan de Le­trán, fren­te al Ci­ne­lan­dia (inau­gu­ra­do el 4 de ene­ro de 1935), en vir­tud que el ma­de­ra­men que­ma­do que caía del edi­fi­cio in­cen­dia­do, pren­dió fue­go a di­cha ne­go­cia­ción, con­vir­tién­do­la en una rui­na en unos cuan­tos mi­nu­tos”.
La far­ma­cia fue des­trui­da por­que en sus bo­de­gas ha­bía al­ma­ce­na­das gran­des can­ti­da­des de ma­te­rias in­fla­ma­bles. Mi­guel Ma­ya Al­ba­rrán, pro­pie­ta­rio, in­for­mó que su­frió pér­di­das por 25,000 pe­sos.
En­tre otras anéc­do­tas que pue­den con­tar­se de la To­rre La­ti­noa­me­ri­ca­na es­tá la de la avio­ne­ta que, des­con­tro­la­da, es­tu­vo a pun­to de es­tre­llar­se so­bre pi­sos ele­va­dos. No hu­bo ca­tás­tro­fe por­que el pi­lo­to pu­do elu­dir el cho­que y ate­rri­zar en lo que aho­ra es el Eje Cen­tral Lá­za­ro Cár­de­nas.
La To­rre La­ti­noa­me­ri­ca­na ocu­pa un área de 1,171 me­tros cua­dra­dos. Su ci­men­ta­ción se rea­li­zó con pi­lo­tes de con­cre­to, per­fec­ta­men­te adap­ta­da al sub­sue­lo. Se­gún el fe­da­ta­rio del Ha­ber His­tó­ri­co y Cul­tu­ral de la De­le­ga­ción Cuauh­té­moc, Héc­tor Ma­nuel Ro­me­ro, el pre­dio ocu­pa­do por la to­rre per­te­ne­ció al an­ti­guo Con­ven­to de San Fran­cis­co y sus de­pen­den­cias. En la equi­na es­ta­ba la cel­da del ca­pe­llán y la ha­bi­ta­ción del pro­vin­cial. Jun­to a és­tas, por el la­do de San Juan de Le­trán, es­tu­vo la ca­pi­lla de la Se­gun­da Es­ta­ción, y una de las en­tra­das del atrio. La de­mo­li­ción del con­ven­to y sus ane­xos se hi­zo en di­ver­sas eta­pas y la par­te del so­lar que ocu­pa la to­rre fue ven­di­da a par­ti­cu­la­res que le die­ron di­ver­sos usos. Fi­nal­men­te la ad­qui­rió la com­pa­ñía de se­gu­ros de vi­da La La­ti­noa­me­ri­ca­na.
Este hecho fue tema para una película que se filmó en 1954, aprovechando el estado que guardaba la construcción. Se llamó "Dos Mundos y un Amor", donde Pedro Armendariz protagonizó al arquitecto del enorme edificio. En el filme compartió el papel estelar con la actriz Irasema Dilián.

Así se apreciaba en 1953 la vialidad alrededor del
Palacio de Bellas Artes.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Avenida 5 de Mayo, donde vemos a los policías "de banquito".
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Nostálgica imagen de céntrica calle.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Por aquellos días circulaban camiones
por las calles del Centro.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

3 comentarios:

  1. Muy buen artículo, muy bien detallado y narrado. Las fotografías, excelentes! Muy bellos tiempos en nuestra capital, no que hoy en día... una tristeza.

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  2. Muy buen artículo, muy bien detallado y narrado. Las fotografías, excelentes! Muy bellos tiempos en nuestra capital, no que hoy en día... una tristeza.

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